No es por imbecilidad que los detractores del alcalde de Bogotá le exigen resultados mágicos y lo fustigan por cuanta bobería se les ocurre; lo hacen de mala fe: con una saña y sadismo que solo son posibles de cosechar en estas tierras del Sagrado Corazón. Pretender que en 100 días Enrique Peñalosa saque a la capital de la República del foso profundo en el que la encontró, y está sumida es un discurso vil y mezquino, incubado en el protervo corazón del petrismo radical.
Tras 12 años de improvisaciones, desgobierno, corrupción, negligencia, polarización y odio, es mayúscula la tarea que tienen el burgomaestre Peñalosa y su equipo por delante. La década perdida de Bogotá significó un retroceso en todos los sentidos para la ciudad. Los fracasos disfrazados de populismo son derrotas dobles, porque, a la par del atraso y el caos, va el engaño al pueblo, que, a la postre, termina por percatarse de la manipulación del político sin escrúpulos.
Así les duela a muchos, Peñalosa es el colombiano que más conoce a Bogotá y sabe lo que hay que hacer para rescatarla. Es un técnico. Por eso es tan mal político. Bogotá no necesita de buenos oradores o discurseros baratos: el desastre se resuelve ejecutando los correctivos necesarios, amparados en la ciencia y la experiencia, y no en la demagogia que busca dividir. La nueva Bogotá no solo será cemento, como dicen los malquerientes del alcalde: el tema social es de superlativa importancia, y Peñalosa lo tiene claro. No en vano hizo lo que hizo por los menos favorecidos en su primera alcaldía.
